Ansiedad matemática en niños: lo que los padres transmiten

«Yo también era malísimo en mates» se oye en muchas cocinas a la hora de los deberes. Se dice con cariño, para quitar hierro. Pero un estudio con más de cuatrocientos niños de seis a ocho años sugiere que la ansiedad de los padres ante los números llega a los hijos, y que llega justo por donde menos lo esperamos: cuando les ayudamos.
Qué es la ansiedad matemática
La ansiedad matemática es miedo o tensión ante los números: ante una cuenta, un examen o una simple pregunta en voz alta del tipo «¿cuánto es 7 por 8?». No es lo mismo que no saber. Hay niños que en el sofá, sin nadie mirando, resuelven una resta con llevadas sin problema, y en la pizarra se quedan en blanco.
La explicación más sencilla es que el miedo ocupa sitio. Para restar 52 − 17 de cabeza hay que retener varias cosas a la vez: que al 2 no se le puede quitar 7, que hay que pedir una decena, que ahora son 12, que quedan 4 decenas. Si una parte de la cabeza está ocupada pensando «me voy a equivocar», queda menos espacio para la cuenta. Y el niño se equivoca, lo que confirma su miedo. Es un círculo que se alimenta solo.
Por eso la ansiedad matemática no se arregla con más fichas. Más fichas sin cambiar nada más son, para un niño ansioso, más ocasiones de pasarlo mal.
El estudio que deberían conocer todos los padres
En 2015, un equipo de la Universidad de Chicago dirigido por Sian Beilock y Erin Maloney siguió durante un curso escolar a 438 niños de primero y segundo, la edad de nuestros alumnos de 1.º y 2.º de Primaria. Midieron lo que sabían de matemáticas al principio y al final del curso, y preguntaron a sus padres dos cosas: cuánta ansiedad les producían las matemáticas a ellos mismos y con qué frecuencia ayudaban a sus hijos con los deberes de mates.
El resultado lo resume la Association for Psychological Science, que publicó el estudio: los hijos de padres con ansiedad matemática aprendieron menos matemáticas durante el curso y tenían más probabilidades de desarrollar ellos mismos esa ansiedad. Pero solo cuando esos padres les ayudaban a menudo con los deberes. Cuando ayudaban poco, el efecto no aparecía.
Hay un detalle más que da que pensar. En lectura, los resultados de los niños no tenían relación con la ansiedad matemática de los padres. Es decir, no se trata de niños con peor ambiente de estudio en general. Es algo específico de las matemáticas y de cómo se viven en casa.
Conviene leerlo con prudencia: es un estudio que encuentra una relación, no una prueba de que una cosa cause la otra. Pero la relación es lo bastante clara como para tomársela en serio, y además encaja con lo que muchos maestros ven cada día.
Por qué «yo también era malo en mates» no consuela
Cuando tu hijo llora con una ficha de divisiones y le dices que tú tampoco las entendías, lo que quieres decirle es: no pasa nada, no eres el único. Lo que él puede oír es otra cosa:
- que las matemáticas son algo con lo que se nace o no se nace;
- que en esta familia no se nace;
- y que, por tanto, esforzarse no sirve de mucho.
Ninguna de las tres cosas es verdad, pero un niño de 7 años no tiene forma de saberlo. Si la persona que más admira le dice que tampoco podía, la conclusión lógica es que él tampoco podrá.
Lo que sí consuela, y además es cierto, es hablar del esfuerzo. «A mí también me costaban las divisiones, y las aprendí practicando» dice que el camino existe. «Esto todavía no lo tienes» dice que llegará. La palabra «todavía» hace mucho trabajo en esa frase.
Cómo se nota la ansiedad matemática en niños
La ansiedad matemática en niños pequeños rara vez se dice con palabras. Se nota en cosas como estas:
- Dice «no lo sé» antes de haber leído la cuenta entera.
- Le duele la tripa los días de examen de mates, y no los de Lengua.
- Borra tanto que agujerea la hoja, o deja en blanco ejercicios que sabe hacer.
- Responde al azar y muy deprisa, como quien quiere quitarse algo de encima.
- Hace los deberes de mates los últimos, o se las arregla para que no haya tiempo.
La diferencia con un problema de aprendizaje es que, con calma y sin nadie mirando, el niño sí puede. Si en casa, jugando, compara números y suma bien, y en clase se bloquea, piensa antes en ansiedad que en otra cosa. Si no puede ni en calma, lee nuestro artículo sobre discalculia en niños, que explica qué señales apuntan a algo más.
Lo que transmites sin decir nada
La frase es lo más visible, pero no lo único. Un niño lee a sus padres mucho mejor de lo que creemos. Algunas cosas que transmiten ansiedad sin palabras:
El suspiro al abrir la mochila. Si sacar la ficha de mates viene con un «a ver qué nos han mandado hoy» en tono de condena, el niño aprende que esto es una carga antes de empezar.
Las prisas por dar la respuesta. Cuando el niño tarda, es tentador soplarle el resultado o terminar la cuenta tú. Le quitas el apuro del momento, pero le confirmas que solo no puede.
El «así no se hacía». Si en el colegio usan el método ABN y tú aprendiste la cuenta tradicional, es fácil que acabéis discutiendo sobre cuál es la buena. El niño queda en medio y deduce que las matemáticas son un terreno de conflicto. Si te pasa, en qué es el método ABN te explicamos qué cambia, para que puedas acompañarle sin enmendar a su maestra.
Tu cara cuando se equivoca. Un error es información: dice dónde está el paso que falta. Si tu cara dice «otra vez», el niño aprende a esconder los errores en lugar de mirarlos.
Si a ti también te agobian los números
No hace falta que te conviertas en un entusiasta de las matemáticas. Lo que el estudio de Chicago sugiere es que el problema aparece cuando un padre con ansiedad ayuda mucho. Hay maneras de ayudar menos, y mejor:
- Pregunta en vez de explicar. «¿Cómo lo habéis hecho en clase?», «¿qué has pensado aquí?». Así el que explica es él, y tú no tienes que dominar el método.
- Pon un tiempo cerrado. Diez o quince minutos y se acabó, esté como esté la ficha. Si no ha terminado, se lo cuentas al maestro con una nota tranquila. Una tarde entera de lágrimas no le enseña nada.
- Deja que corrija una herramienta. Las fichas para imprimir traen hoja de soluciones, y al practicar en la web cada respuesta se corrige al momento. Así el error lo señala la hoja o la pantalla, no tú.
- Reparte el papel. Si en casa hay otra persona a quien los números no le agobian, que sea ella quien se siente con las mates. Tú puedes encargarte de la lectura.
- Celebra el esfuerzo, no la rapidez. «Te ha costado y lo has sacado» vale más que «qué rápido». La rapidez llega con la práctica; el gusto por intentarlo hay que cuidarlo antes.
La víspera del examen de mates
Es el momento en que la ansiedad se nota más, y también el momento en que más fácil es empeorarla sin querer. Repasar a última hora todo el tema, hasta tarde y con nervios, le deja la idea de que no está preparado. Mejor así:
- Repasad dos o tres ejercicios que sí le salen. Que se vaya a la cama con la sensación de que sabe hacer cosas.
- Ensayad qué hacer si se queda en blanco: respirar, saltar a la siguiente pregunta y volver después. Saber que hay un plan quita mucho miedo.
- No le preguntes al día siguiente «¿qué has sacado?», sino «¿qué pregunta te ha salido mejor?».
Y si el examen sale mal, no lo dramatices ni lo quites de en medio. Mirad juntos una pregunta fallada, con calma, otro día. Un error mirado con tranquilidad enseña más que diez aciertos.
Cuando la ansiedad empieza en clase, y lo que dice el currículo
No toda la ansiedad viene de casa. Hay prácticas de clase que la alimentan en algunos niños, aunque a otros les diviertan: salir a la pizarra a resolver delante de todos, las competiciones de tablas en voz alta, las fichas contra reloj o corregir en voz alta diciendo quién ha fallado. Para un niño rápido son un juego; para uno inseguro, una prueba pública cada semana.
Si tu hijo te cuenta que lo pasa mal en alguna de estas situaciones, no hace falta ir a quejarse. Basta con contárselo al tutor con calma: «cuando tiene que responder deprisa delante de todos, se bloquea; a solas lo sabe hacer». La mayoría de los maestros agradecen esa información, porque desde fuera un niño bloqueado y un niño que no ha estudiado se parecen mucho.
Puede sonar raro, pero las emociones forman parte del currículo oficial de Matemáticas. El Real Decreto 157/2022, que fija las enseñanzas mínimas de Primaria, incluye un bloque llamado «sentido socioafectivo». Ya en el primer ciclo (1.º y 2.º) pide trabajar «estrategias de identificación y expresión de las propias emociones ante las matemáticas». En el segundo ciclo añade la tolerancia ante la frustración, y en el tercero, valorar el error como oportunidad de aprendizaje.
Esto te da una buena excusa para hablar con el tutor. Si ves que tu hijo se agobia con las mates, no es una queja fuera de lugar: es una parte de la asignatura que el colegio también tiene que trabajar. Pregúntale cómo lo ve en clase, y cuéntale lo que ves tú en casa. Juntos veréis mejor si es ansiedad, un paso que falta o las dos cosas a la vez, que es más frecuente de lo que parece. Para lo segundo, nuestro artículo mi hijo no entiende matemáticas explica cómo encontrar el escalón que falta.
Esta tarde, en los deberes
Una sola cosa, para empezar. La próxima vez que tu hijo se atasque con una cuenta, no le des la respuesta y no le digas que a ti también te costaba. Pregúntale: «¿qué parte sí sabes?». Casi siempre hay una. En 52 − 17, a lo mejor sabe que 50 − 10 son 40. Empieza por ahí.
Ese pequeño cambio hace dos cosas a la vez: le recuerda que no está en blanco y te saca a ti del papel de quien sabe y corrige. Si después de unas semanas sigues viendo bloqueos fuertes, sobre todo si van acompañados de errores que no cambian con la práctica, coméntalo en el colegio. Puede haber algo más, como un problema de atención, que explicamos en discalculia y TDAH, o de lectura, que tratamos en discalculia y dislexia.
